Y TE MOSTRARÉ EL MIEDO EN UN PUÑADO DE POLVOT.S. Eliot
Cuando caminas hacia el Sol, el Oeste no es lo que has dejado atrás, no es el pasado, ni la nostalgia. Tal vez, si acaso, sea la esperanza y la anticipación, el futuro que traen los sueños.
El Oeste no es un punto cardinal, está en ti, es la parte de tu ser que serás como consecuencia de tu dirección, de tus actos.
Pero nosotros que ya hemos sido ¿Tenemos futuro? ¿Tenemos Oeste?
Seguimos siendo aunque no estemos, el ser es aunque no esté; esto debes entenderlo. Es muy sencillo, ¿Dónde está el Este?
No sé, allí, atrás…
¿Y tu ser dónde está?
Aquí, ahora…
¿Lo ves? El momento fluye de nuestro ser al espacio que crea. Recuerda, ahí eres, sueña y también eres ahí porque ya estaba en ti la parte del mañana que le corresponde a tu Oeste. Ahora, ay ahora, es tan difícil de asumir, cómo entender que ahora eres tú.
Pero nosotros ya no estamos, aquí todo es, bueno ya ves como es todo, la soledad, los oscuros que nos rodean, no veo nada.
Ojos necesitas para ver, ¿De qué color son sus ojos?
Ya sabes que vivimos en la penumbra, que no hay nada aquí que nos pertenezca, no hay colores ni cielos en este momento que llamas yo.
Créalos.
¿Quieres qué me los imagine, qué los recuerde, qué los sueñe, o qué cree nuevos colores para los ojos de aquellos que ya no están?
¿Dónde?
Aquí, ahora…
¿Quieres decir en ti, o en el espacio que nos separa? ¿Tal vez te refieras a mí?
Me confundes, no hay ojos ¿No ves que no hay ojos? ¿Cómo va a haber colores de ojos sin ojos?
Si no los ves todavía en ti, quizá esperen junto al ser que eres en el Oeste.
Los suyos eran plata, azul incendio, puñaladas violetas, gris hielo.
¿Y ahora?
Ahora los veo negros pistola, mancha indisoluble de café merchero en el mantel, alquitrán de carretera abrasado por el Sol hacia su Oeste, desiertos de arena volcánica que esconden gilas reptantes con diminutas y lascivas pupilas, peligrosamente negras.
La nada viene amenazante hacia nosotros, y nosotros aterrados, la transformamos en espacio y tiempo, hasta que un, quién sabe si buen o mal día, no podemos más y no hay descripción posible de la inmensidad que de repente nos envuelve. Aquí, ahí, allí, Oriente, Occidente ya no significan nada pero sigue el camino, existe la luz aunque ya seamos incapaces de sentir su brillo…
¿Estás seguro?
No, claro que no. Ni siquiera sé de dónde han salido esas palabras. Hace nada eran imágenes en mi cabeza, fotos en un álbum de papel rugoso, zumbidos binarios al compás de dos por cuatro, serpientes entrelazadas en el baile infernal del tiempo que nos queda. Ya te digo que no sé de qué estoy hablando. Estoy solo y tengo miedo, había mucha gente disparando en aquel sueño apocalíptico de antes de la cama, las sábanas se enredaban en mi cuello y me asfixiaba el calor de sus tormentos, la sed de otros, la última gárgara de mar de los que no llegaron vivos a la orilla.
No sé si son verdad los esqueletos que se come el barro, está difuso el camino en mi memoria y sus ojos que me miran indios apiadándose de mí, se me antojan cerca y lastimeros pero no soy capaz, sabes bien que no soy capaz de alcanzarlos. Yo sigo, me ves que sigo hacia ese Sol que me exagera y es mi sombra interminable, inalcanzable, como tú… Que te escondes tras esos ojos.
Estoy a tu lado, camino contigo, tengo tu misma sed.
¡Tú estás muerto! Ya no te compra el dinero, ya no te busca nadie, has dejado de pensar en tu epitafio.
¿Qué sabes tú de la muerte, de los muertos?
Sé que vienen a verme, que no todos están en el cielo. Sé que saben que quiero matarme, sé que me ponen los pies en el suelo. Sé que les atrae la luz, que son capaces todavía de batirse en duelos cuando el Sol está en lo alto, de luchar por mí. ¿Te parece poco eso? ¡Mis muertos luchan por mí!
No te creas todo lo que sueñas, nada de lo que veas en los espejos. Hay que apretar el gatillo, anudar la soga, ya se tensan las libidinosas cuerdas, no oyes la música que te llama, no sientes los dedos encallados apretando el cuello viperino de aquella hermosa guitarra. Ya es hora, recita tu verso que otros bailaran tu tango.
Vuela, es tuyo el cielo, abrásate en la luz que ahora amanece, ponte feo, rompe con tu camisa, aúlla, sigue caminando por el páramo, vente conmigo al Oeste, justo allá donde acaba el horizonte. Atrévete.
Ríndete, ya sabes que te están buscando, que le han puesto alto precio a tu cabeza y que tarde o temprano te verás a uno u otro lado del cañón de una pistola. No te protegerá la soledad de la pampa, te delataran las serpientes venenosas de sus ojos sibilinos, no sabrás, no tendrás la fuerza suficiente, te espera el cuchillo recién afilado, las garras, el pájaro negro que se comerá tu mirada. Vente conmigo ahora, jamás volverás a estar solo. Vente conmigo al Oeste ¿No ves que ya, en cierto modo, has dejado de existir?
Sigo sentado a la mesa, sé que hay muchos dispuestos a vivir cada una de sus desgracias de nuevo, con tal de ocupar mi sitio. Aquí están mis heridas, ellas hablarán de mí mucho mejor de lo que yo soy capaz. Cada golpe, cada disparo a esta diana que es mi cuerpo, es una nueva oportunidad de sanar. Elijo ser arco, elijo la curva al camino recto, elijo seguir siendo indio descamisado, loco de un barrio que dicen que no es mío. Ya no me hace falta morir, ya no me tientan las tinieblas, ni la voces amigas del otro lado de este cuerpo. He dejado de estar solo, mis muertos velan por mí.















